Llegué al mundo de la medicina natural por necesidad, sin que nunca me lo hubiera planteado como objetivo, realmente yo iba
dirigido hacia la ingeniería, pero ahí por el camino sucedió algo con lo que nunca contamos en nuestros planes de vida, sin saber muy bien por qué, de pronto me vi sin el que puede ser el tesoro más valioso de la vida, o si no de los que más, la salud.
Esta situación me llevó a un viaje a través de la enfermedad, el miedo, la desolación, el dolor, la soledad, la desesperanza y me cuestionó seriamente el sentido de la vida y de las relaciones; me llevó a llamar a muchas puertas de todo tipo de especialistas y
disciplinas que no daban respuestas, sino propuestas estereotipadas que quedaban muy lejos de mi realidad y de las
soluciones que necesitaba y buscaba, es aquí donde descubrí el abismo que separa al mundo academicista y de la teoría, del mundo de la realidad práctica; el mundo de lo que cuentan los libros, del mundo de la pura realidad y experiencia.
Es en estas situaciones donde nos demostramos a nosotros mismos de qué estamos hechos, y frente a la sensación de
desamparo y desesperanza que vivía, fue algo que latía bajo mi piel lo que me impulsó siempre hacia delante contra todo pronóstico o expectativa, a atravesar el desamparo sin rendirme.
Necesité emprender yo el camino de aprendizaje y fe, y sí, digo fe junto a la palabra aprendizaje, porque sin la fe no hay caminos que andar, ni destinos que alcanzar, creer en contra de toda opinión y pronóstico que sí se puede llegar a un objetivo de curación y superación, es tan fundamental como encontrar los remedios que pueden ayudar a nuestro cuerpo a recomponerse, y a recuperar esa bendición que es la salud, y que muchas veces solo valoramos cuando la hemos perdido.
Una de las cosas que pensaba cuando me encontraba limitado por las dolencias y desesperanzado, lo más que echaba de menos, era volver a caminar en medio de la naturaleza, recordaba aquellas travesías que tiempo atrás solía hacer por los preciosos montes de mi tierra, y pensaba que “daría media vida, o más, de la que me quedaba, por volver a caminar por ellos”, sentir el viento, la lluvia y el sol en la cara, subir a una montaña imposible para contemplar el paisaje desde lo alto, y ver volar, arriba cerca del cielo, a las águilas, mientras disfrutaba de un simple bocadillo, contemplando a la naturaleza como una parte más de ella, en definitiva, vivir esa insuperable felicidad que da el sentirse vivo y disfrutar como un niño de las cosas más bellas y sencillas de la vida y de la naturaleza.
La cuestión es que aquella experiencia, aquella difícil aventura, me llevó a investigar, a estudiar, a viajar, a experimentar con una
honestidad y autenticidad que ningún otro camino o formación me hubieran podido ofrecer. Mucho más allá del conocimiento
académico, de las respuestas cliché de una medicina adocenada y acomodada que no sirve a las personas sino que se sirve a sí misma, estaban las respuestas, y yo hice lo que más me gusta en la vida y para lo que nací (aunque en aquel entonces no lo sabía), asumir retos, explorar y ABRIR CAMINOS. Y de aquél viaje (varias decenas de miles de horas de estudios, investigación y experiencias después) traje lo que es hoy el Método Saavedra, un método con el que he ayudado ya a miles de personas, un viaje que es el viaje de mi vida, un gran aprendizaje, una gran aventura. Un viaje que sigue desarrollándose, creciendo y que no tiene límites en su alcance y evolución.
Y hoy, vuelvo a caminar por los montes más empinados y salvajes que se puedan imaginar, tal y como en aquellos momentos soñaba, y disfruto de esas vivencias hasta que ya no me cabe más alegría y plenitud interior. Sé que cada momento es único e irrepetible.
La vida es una aventura, un viaje que tiene sus propios propósitos, a veces, simplemente hay que tener el valor de asomarse al límite, para ver cómo podemos continuar nuestro viaje.